Read "siete pinchos" from the pilot issue in spanish

Finally we are sharing Marcos Domínguez González's piece from the first issue of MOOD in it's original language. And enjoy some photos that we couldn't fit into the mag. To read the article in English, flip to page 35 of the pilot issue here.

Hace unos meses, mi amigo Mario me habló de Mood Magazine y confió en mí para hacer un reportaje sobre el aspecto gastronómico de la primera salida de Cosmen Adelaida fuera de Madrid en este 2012, un fin de semana en el que subimos a San Sebastián y Santander para tocar con Odio París y Escándalo, respectivamente. Estos conciertos han marcado el comienzo de una "gira" por España que tan pronto aparece como desaparece, da la vuelta y vuelve sobre sus pasos o acomete un salto mortal de varias ciudades en un par de días.

En un principio, la idea me resultó desconcertante, no tanto por la relación entre música y comida, que la hay y de la que hablaré ahora mismo, como por el hecho de que lo más probable es que, debido a la falta de tiempo, acabáramos cenando una hamburguesa en el lugar más impersonal del centro urbano. Afortunadamente para Mario, no fue así.

Como decía, la idea de mezclar música y comida me resultó, en principio, interesante. La razón más inmediata es que me gustan ambas hasta la exageración, para mal de mis oídos y mi estómago. Desde un punto de vista más profundo, las zonas del cerebro que procesan el placer musical, el gastronómico y el sexual son las mismas, por lo que están íntimamente relacionadas. Por suerte, no es un dato muy conocido, de lo contrario no podría presentarme a comer en casa de los padres de mi novia por temor a que me consideraran un depravado.

Así pues, un reportaje sobre el fin de semana de comida y conciertos de Cosmen Adelaida no era una idea del todo insensata ya que, como buenos amantes de la música que somos en el grupo, nos gusta comer. A pesar de ello, nuestro primer fin de semana de conciertos empezó con bocadillos. Me explico: tocábamos en San Sebastián el viernes, una ciudad a 464 kilómetros de distancia de Madrid; a cien kilómetros por hora de velocidad media, tardaríamos casi cinco horas en llegar y teníamos la prueba de sonido a las siete y media -con la esperanza de que, como suele ser habitual, se retrasara-, por lo que había poco lapso de tiempo entre la salida que imponen los horarios de oficina a Nacho y Javi (los únicos que tienen trabajo estable, de momento), a las 14h, y la salida de Madrid en coche. Además, era más que previsible un atasco en la A1 ya que los viernes al mediodía la gente huye despavorida de la capital. El tiempo no sobra y los bocadillos se hacen esenciales en nuestros viajes. A todo esto, yo, libre de horarios, comí un señor cocido, algo que, por precaución, no dije a mis acompañantes (Nacho y Bea; Javi y Elisa fueron por su cuenta en otro coche, portando la mayoría de instrumentos). Aparte de los bocadillos se hacían necesarios unos cafés para el camino, tomados en una estación de servicio cualquiera de entre ambas ciudades: las estaciones de servicio suelen ser como los Starbucks, vayas donde vayas siempre son iguales.

Llegamos a San Sebastián. Tocábamos en un club mítico de la ciudad, el Komplot, con un esqueleto de ballena hecho en madera colgando por encima de las escaleras de acceso. Si ya es difícil aparcar a la entrada de muchos sitios, cuando tienes que descargar instrumentos lo es mucho más. Afortunadamente, la prueba de sonido se había retrasado, pero esta vez no por culpa de la sala: Odio París, cabezas de cartel de la noche -con los que compartimos sello, El Genio Equivocado; Pinypon DJ's, sus fundadores, cerraban el evento- se enfrentaban a los mismos problemas logísticos que nosotros, pero desde Barcelona, y no tuvieron tanta suerte.

Una prueba de sonido es un mundo aparte que bien merece otro reportaje, si bien no garantizo que sea muy entretenido: montar batería, amplis, teclado, micros, monitores de retorno, pelear con los técnicos por un poco más de volumen, dañar tus oídos con acoples, cambiar cables, improvisar a última hora porque un ampli se ha estropeado, probar sonido bajo la atenta -y a veces intuimos que algo desdeñosa- mirada de los técnicos de las salas, rogar por unos minutos más de prueba antes de que cierren la sala para irse a cenar...

Ah, cenar. Estábamos en San Sebastián, una de las ciudades con mayor prestigio gastronómico de España. Sin embargo, nos encontrábamos algo alejados del casco histórico y teníamos una hora escasa libre antes del concierto. Nos salvaron Santi, un amigo de la banda, que se encontraba en esa misma ciudad visitando a su colega Mikel, que nos llevó al bar Vallés. Allí, en lugar de nutrirnos de los tradicionales pinchos (ese sería el objetivo al día siguiente) hicimos el tapeo de rigor: tortilla de bacalao, calamares a la plancha, hongos a la plancha -mención especial para ellos-, pulpo y croquetas. Todo regado convenientemente con cerveza. El sitio está especializado en jamón pero la actividad del grupo todavía no ha empezado a dar réditos suficientes para comprobarlo. En el bar Vallés confeccionamos la setlist del concierto. Es toda una tradición hacerlo mientras cenamos. Básicamente, porque es cuando nos acordamos de hacerlo.

El concierto de esa noche no fue del todo malo. Era gratis y se acercó gente, incluso algunos acabaron moviendo alguna parte del cuerpo, un éxito. Después del ritual de recoger instrumentos y dejarlos dentro del coche en algún parking, salimos a conocer la noche de San Sebastián, algo de poco interés para un reportaje músico-gastronómico: el alcohol es igual en todas partes. Al final ya ni nos importaba el frío, que lo hacía, y mucho.

El día siguiente, sábado, era de todo menos tranquilo. Teníamos que salir de nuevo a la carretera, con destino Santander, también en la costa norte, a unas tres horas de donde estábamos. Sin embargo, antes de partir tuvimos tiempo de, esta vez sí, visitar el casco antiguo acompañados de Joan y Rafa, toda una leyenda a los platos como Pinypon dj's. Fue en el bar Sport, en la calle Fermín Calbetón, número 11, donde saciamos nuestro interés gastronómico y nuestro estómago vacío (y algo resentido de la noche anterior). En homenaje a nuestro disco, '7 picos', pedimos los siete pintxos. Como eran todos diferentes, creo que me voy a ahorrar las explicaciones: ahí están las fotos para abriros el apetito. Antes de partir a Santander arrastré a la gente al primer local abierto que vi para tomar mi dosis habitual de café. En esta ocasión fue un Gambrinus, una franquicia que trata de parecer una tasca tradicional española pero tan impersonal como los Starbucks. Y más sucios.

El lugar donde tocábamos esa noche era una especie de pub pijo en plena playa, el BNS (acrónimo de Buenas Noches Santander). Que sea pijo tampoco es algo excepcional tratándose de Santander, aunque su ubicación lo hace más apetecible en verano que en invierno. La ventaja es que en la planta superior era un restaurante en el que nos pusimos las botas: después de unos calamares rebozados, unas croquetas y una ensalada de atún algo anodinos, vino la madre de las cenas: una tabla en la que la carne (de cerdo), el pescado (merluza y salmón) y las patatas fritas acumuladas hacían montículo, con salsas en las esquinas. Nada era de gourmet pero cumplió su cometido. Normalmente, no es muy recomendable comer mucho antes de un concierto, sobre todo si cantas. No puedes darlo todo en el escenario con una digestión pesada de por medio.

Vista la cantidad de gente que conseguimos reunir entre Escándalo y Cosmen Adelaida (me ahorro el dato exacto) tampoco parecía el momento para darlo todo en un concierto, pero cuando la música es una pasión y no una profesión esas cosas no te importan. Subidos a un escenario rodeado por una valla de cadenas, como si fuera un ring de lucha libre, ambas formaciones lo dimos todo. Rafa y Joan, que son algo así como mamá y papá cuando estamos en carretera, nos felicitaron efusivamente. Suelen hacerlo, para qué engañarnos, por algo son nuestros padres discográficos. La noche acabó, esta vez sí, con Escándalo, Cosmen Adelaida y Pinypon dj's de fiesta por los bares del centro. No dejamos de repetir que si hubiéramos actuado por aquella zona hubiera acudido bastante más público. En Santander visitamos un abanico de bares de copas más variado que el de San Sebastián, empezando por un sitio oscuro y pequeño con sofás tapizados de leopardo y acabando en el típico bar, que Dios ha puesto en cada ciudad de provincia, de decoración sureña e himnos para una generación de gente peligrosamente cercana a los treinta. Somos indies, pero también somos personas, y disfrutamos como enanos.

El domingo, mis neuronas no estaban ni para apuntar el nombre del bar donde comimos unos pinchos de tortilla poco reseñables. Yo elegí bocata de lomo con pimientos (tan tradicional en Cosmen como el ron Barceló con Coca-Cola) y resultó la mejor de las opciones. Destruidos pero felices tras dos días sin parar, llegamos a nuestras casas madrileñas. Nos merecíamos un par de días de descanso antes de volver a la rutina de ensayos, a montar canciones y preparar nuevos conciertos. Estos fines de semana se han hecho habituales en esta primavera y verano, con las mismas complicaciones, las mismas ganas de fiesta y similares incursiones gastronómicas que en este que os acabo de narrar. Si alguien quiere contratarnos, ya sabe las condiciones.